Tiene que haber mucho de terquedad o tontería en querer escribir algo sobre la más famosa novela de Gustave Flaubert. Sin embargo, mi propósito es modesto: no me referiré a la novela sino a lo que la novela hizo en mí unos veinte años después de haberla leído por primera vez. Es cierto que eso puede no importarle a nadie, pero asumo que quien llegue hasta este blog algo de esa experiencia le interesará.
He dicho que leí
la novela por primera vez a los veinte. Hubo otra lectura, una segunda, de la
que recuerdo poco, quizás porque lo hice como tarea para un curso o algún escrito.
Esta tercera lectura de la que quiero hablar se da en una situación particular:
luego de la muerte de Vargas Llosa, quise volver a su ensayo sobre Flaubert y
su novela, La orgía perpetua, publicado originalmente en 1975.
Mientras las redes sociales devoraban como pirañas el nombre y la trayectoria del
escritor peruano, yo rescaté de mi biblioteca el volumen de La orgía
para recordar por qué esa escritura fue tan importante para mí luego de mi primer
acercamiento a la historia de Emma Bovary. Y lo recordé. Tanto que no solo leí
el ensayo de Vargas Llosa, sino que decidí buscar una edición de Madame Bovary
lo más cercana a la que referenció Vargas, la traducción de Consuelo Berges que
fue la que motivó la escritura de La orgía perpetua.
Tardé unos meses
en encontrar la traducción que quería. Me sentía y me siento un lector
distinto. Confieso que en las dos lecturas anteriores jamás me interesé por el
nombre de los traductores. Esta vez quería creer que en esa elección habría
alguna diferencia. Entonces, una noche, luego del trabajo, ya en casa, abrí el
libro y entré en la escuela junto con el joven Charles.
A día siguiente
ya me había reencontrado con Emma joven, lectora, romántica: “Acostumbrada a
las cosas tranquilas, se inclinaba, por contraste, a las accidentadas. Le gustaba
el mar solo por las tempestades, y el verde solo salpicado entre ruinas. Necesitaba
sacar de las cosas una especie de provecho personal; y rechazaba como cosa inútil
todo lo que no contribuía al consumo inmediato de su corazón, pues de
temperamento más sentimental que artista, buscaba emociones y no paisajes”. Entonces,
le di la razón a Vargas Llosa que dice haberse enamorado de Emma; se me hizo
una mujer a la que se puede amar y temer, más tarde, incluso, odiar.
Luego del matrimonio
de Emma y Charles, empieza uno a padecer al personaje, también a compadecerlo.
La noche del baile y el primer romance con Léon Depuis, la aparición del cruel
Rodolfo y la posterior enfermedad de Emma, todo eso me resultó, otra vez,
exquisitamente dramático. Hubo trasnochos y suspendí películas y series;
mandaba fotos de fragmentos del texto a mis amigas; leía en voz alta para mí
solo pedazos de la novela. Me emocioné con la partida de Léon: “El día
siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una
atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas; y la
tristeza se le metía en el alma con dulces alaridos, como el viento de invierno
en los castillos abandonados. Es esa evocación de lo que nunca volverá, la
lasitud que se apodera de nosotros después de cada hecho consumado, ese dolor,
en fin, que nos produce la interrupción de todo movimiento acostumbrado, la
cesación brusca de una vibración prolongada”.
Pero fue durante
la relación con su segundo amante, Rodolfo, cuando Emma se me hizo imposible,
excesiva, insoportable, incluso tonta. Y no me refiero con ello a su
sentimentalismo sino a la imposibilidad de esa manera de ser y sentir en el
mundo que está representando Flaubert, es decir, uno donde el progreso, la
ciencia, las instituciones, el capital, etc., constituyen ideales encarnados de
manera magistral en un personaje como el boticario Homais.
El segundo
romance de Emma y Léon es la constatación de la imposibilidad del Romanticismo,
no solo por el grado de enajenamiento en que la pobre se encuentra desde el
punto de vista sentimental (mental diríamos en el siglo XXI) sino por el casi
total estado de asfixia al que la conducen la mentira, las apariencias, las
deudas, un factor absolutamente determinante en la historia y que pude ver con
mayor claridad en esta lectura del texto.
Luego de quince
o veinte años de haberla leído por última vez, recordaba muy pocas cosas de lo
que pasa en la novela luego de la muerte de Emma. Son varios capítulos de la
tercera parte donde cualquier atisbo de Romanticismo se da por enterrado: la
ruina material y espiritual de Charles y su hija, la conversación con Rodolfo,
la noticia sobre el matrimonio de Léon y, el gesto contundente, la cruz de la
Legión de Honor para Monsieur Homais, todo eso es como una pala de tierra fría
que sepulta para siempre el sentimentalismo y la pasión de Emma que, por cierto,
el narrador dota a veces del exceso necesario para hacerla ver, incluso,
ridícula.
No veo en la muerte de Emma un castigo, sino la constatación de una tesis: un espíritu como el suyo ya no conmueve al mundo de la segunda mitad del siglo XIX en Francia; el sentimiento y la pasión han muerto, los han matado; la ciencia y el progreso deben triunfar; ni el arrojo de Emma ni la bondad de Charles son valores posibles en la sociedad europea finisecular. La literatura, especialmente la novela, no necesita conmover, esa ya no es su función. Este “caer en cuenta” revela preguntas y posibilidades para la emergencia de una nueva literatura. Sin embargo, Madame Bovary es, al mismo tiempo, la demostración de que, aún en la más categórica declaración antiromántica, es posible y necesario conmoverse. De lo contrario, esta tercera lectura no habría sido posible.
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