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Monumentos III. El minero

Mucho de lo que significa el nuevo monumento al minero en Amagá se puede concluir a partir del pedestal que soporta la figura del heroico hombre representado. El inmenso y desproporcionado cubo de concreto, así como las farolas con los colores de la bandera del municipio, nos alejan del minero al tiempo que ponen en evidencia el otro sentido que tiene la presencia de ese nuevo y desmesurado objeto en el parque principal. Es oportuno pensarlo dado que, como se ha dicho en las dos entregas anteriores de esta serie de comentarios surgidos del interés actual por los monumentos en el pueblo por el embellecimiento de la sala de la casa, como lo dijo el señor alcalde en el momento de la instalación, al monumento se lo puede leer más allá de lo evidente, más allá de lo que a simple vista trata de representar; en este caso, tenemos que preguntarnos qué hay más allá del gesto heroico de ese pobre personaje de bronce, disminuido por la rimbombancia de las palabras en letras doradas y por las luces de fiesta que hacen pensar más en una advertencia de “no pase”, “no toque”, que en la solemnidad de la llama discreta.

Asumimos que el arte es crítico, que genera preguntas, que no se conforma con entretener o adornar; cuando la función es solo entretener o adornar, el arte se convierte en otra cosa. Ahora bien, confirmar lo que todo el mundo sabe, reiterar las ideas que por décadas han circulado hasta la saciedad en los discursos oficiales de alcaldes y concejales, reiterar los símbolos de manera servil son, a fin de cuentas, formas del entretenimiento. La pieza que actualmente “embellece” el parque principal no hace más que confirmar una verdad a medias: que los mineros son héroes. Lo son, sin lugar a duda. Pero ¿Sobre qué está soportada esa heroicidad? ¿Qué hay debajo de ese enaltecimiento? ¿Para qué ha servido imponerles un relato de mártires sin redención? La respuesta está en el monumento: lo que hay son palabras vacías en letras doradas (entre otras cosas, palabras mal escritas, como lo documentó la crónica parroquial); un pedestal inflado que, finalmente, opaca el gesto impostado de colonizador antioqueño que tiene ese pobre hombre al que lo siguen condenando a la heroicidad y al sacrificio.


El monumento al minero no plantea preguntas, es pura reiteración, redundancia, es lo que ya sabemos y que ya no nos creemos sobre el minero y la minería en Amagá. No es una obra que permita conocer, solo confirma, es lugar común. Eso lo aleja del arte y lo acerca, finalmente, al adorno de la sala de la casa. Además, pretender hacerlo pasar por obra de arte es subestimar el gusto de las y los amagaseños, como si no pudiéramos ser autocríticos respecto del fenómeno de la minería, como si la única conclusión a la que pudimos llegar después de las tragedias mineras fuera esa, tan fácil, de que el minero es héroe y mártir. Como si no pudiéramos aspirar a que las obras (de arte) en las que se invierten los recursos para la cultura contribuyeran realmente a la formación de nuestra sensibilidad; este es un asunto en el que, también, es preciso exigir calidad y responsabilidad. 

Es verdad que ningún monumento en tanto arte tendría que ser útil; sin embargo, las características de la obra y las condiciones en las que se impuso en nuestro paisaje parecen dar cuenta de que su finalidad poco tiene que ver con los mineros, con lo que pretende hacernos ver. La disposición de los elementos (pedestal con placas y letras doradas, pieza que representa a un minero y luces de colores) son la exaltación no del minero ni de su valor; la muy conmovedora y poco intervenida realidad de los mineros ha servido, otra vez, para que los que quieren brillar (con luces de colores y letras doradas) lo hagan a expensas de nuestra historia más triste, de la injusticia padecida por otros, de la imposición del papel de héroes a quienes durante décadas han vivido en carne propia la desigualdad y la falta de oportunidades. Existen registros de luchas gremiales de los mineros de Amagá y Angelópolis que datan del final de la década de 1930; casi un siglo después las condiciones de trabajo de esas poblaciones han cambiado muy poco.

Sin embargo, la sala de la casa parece verse bien. No importa lo que pase en las demás habitaciones. Hoy tenemos una sala con un objeto nuevo y muy llamativo al que miramos no de frente sino desde abajo para que no lo podamos tocar. El monumento al minero recuerda un tiempo en el que en las salas de las casas del pueblo lucían copias baratas de Venus de Milo o Moisés, de Miguel Ángel, que distribuían los cacharreros venidos de Medellín; creíamos que se veían bellas y no teníamos en cuenta su significado ¿Para qué el significado? Solamente embellecían la sala, no importaba más, así fuera necesario reducir la cuota del mercado para pagarle al cacharrero, así en las habitaciones hubiera camas medio caídas y sábanas rotas y curtidas. Lo importante era que la sala luciera bien, aunque los propios habitantes de la casa poco la usaran; Venus y Moisés estaban allí para mostrar algo que, asumíamos, tenía un valor, aunque no lo comprendiéramos, para mostrarse a los visitantes. De hecho, ignorábamos que el material del que estaban hechas esas figuras era de muy escaso valor. Al final, recuerdo, Venus se desmoronó después de que mi mamá la mojó un día mientras regaba las matas; poco después descubrimos, con tristeza, que el pedestal de Moisés se había desprendido y fue necesario dejar ambas bellezas en la esquina a donde se llevaba la basura.          


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