La ciudad de La Habana está llena de monumentos; en Centro Habana pueden caer las casas de los cubanos más pobres (porque en la isla hay desigualdad, no me digan que no), pero jamás los monumentos. Porque, como lo dijo Karla Suárez en su novela El hijo del héroe, la Revolución necesita héroes, relatos que sustenten esos heroísmos y monumentos. En todo caso, los monumentos en Cuba y en cualquier parte están levantados sobre mentiras; además de anacrónicos, me resultan sospechosos. El bronce brilla, pero aquello que representa (el pueblo, la lucha de las mujeres, el orden, la revolución, la patria, los mineros) sigue su corrupción sin que nada la altere; los monumentos sirven para recordar cosas, para perpetuarlas, no para cambiarlas.
Quizás los modelos de ciudad de las sociedades de finales del siglo XIX y comienzos del XX vieron en los monumentos una manifestación de civilidad. Cada uno quiso imponer su versión de la historia levantando conquistadores y patriotas de hierro, bronce, piedra, mármol y concreto. Lo regímenes totalitarios de todas las tendencias, de Hitler a Fidel Castro, hicieron de los monumentos parte de sus estrategias de auto representación; al tiempo que anonadaban a las masas con su mensaje de grandeza, los monumentos ocultaban algo o mucho.
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| Imagen generada con IA |
La explicación a por qué las instituciones gustan de bustos, estatuas ecuestres, monolitos, obeliscos, relieves, etc., tal vez provenga del efecto apabullante que tiene en la sensibilidad del público. Al monumento es fácil llenarlo de significados a punta de emociones, de impresiones; busca conmover, abrumar, incluso agobiar y, muy importante, silenciar a quien le contempla. El monumento no es crítico; lo miramos desde la distancia, lo dotamos de un aura que convierte al objeto representado al mismo tiempo en algo concreto (vemos una figura hecha de material) y etéreo, gaseoso, inasible, muy retórico.
Entonces al tal monumento se le hace decir cosas. Es fácil imponerle significados; es una materialidad de sentido manipulable, maleable, sobre todo si quien la patrocina es una institución, más si es una alcaldía; más si dicha institución se ha hecho depositaria de la cultura o de lo que su comprensión alcanza a entender que es la cultura, es decir, reinado, sancocho bailable y, ahora, un monumento al minero, una figura manoseada y manipulada por la politiquería generación tras generación.
Si se tomaran en serio los procesos de formación cultural en el municipio, no creerían que la única forma de rendir homenaje a los mineros es una escultura. Los monumentos son una fachada de la irresponsabilidad; se les disfraza de una supuesta identidad y un rancio sentido de pertenencia, pero en realidad están alimentados de estereotipos, de retóricas vacías en favor de los más necesitados, de buenismos y gestos políticamente correctos, pero nada comprometidos con acciones en beneficio de los sujetos cuyo valor está supuestamente siendo exaltado.
¿Qué han cambiado en la vida de los mineros y sus familias los “monumentos” que ya existen en el cementerio y en Minas? ¿Para eso mismo quieren otro? Un monumento podría tener sentido, quizás, si antes se ha formado una sensibilidad en la ciudadanía; sensibilidad no solo artística sino social; sensibilidad atravesada por la crítica y la conciencia histórica. Sin esa base los monumentos son cosa vana, adorno, comodín de las pobres figuras sedientas de recordación y de dinero, porque no ha faltado quien haga de esto un negocio, sin escrúpulos, porque no tuvo escrúpulos quien hizo y quien dejó colocar esa estatua tan fea del recordado padre Iván.
Amagá tendrá un nuevo monumento al minero, la suerte está echada (con los buenos oficios de nuestros gobernantes ¡Cómo no!); se va a cumplir el sueño del honorable concejal que iluminó el recinto del Concejo el día que narró su hazaña de turista en La Guajira, donde pudo tomarse una foto con la estatua de un indio Wayú, toda una revelación. Decisiones como estas y aún más importantes las toman personas que siguen llamando indios a los pueblos indígenas del norte del país. Entonces es comprensible.
Alguien me ha dicho que con escribir no se logra nada. Es un hecho que no lograré nada, no importa. Me queda la tranquilidad de no haber estado de acuerdo y de haberlo manifestado.

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