¿Cuántas cosas se han dicho sobre las cartas de Flaubert? ¿Qué se puede escribir luego de leerlas? Algo, como una vergüenza, se impone ante quien pretende comentar cualquier cosa de quien dijo a sus veinticuatro años: “Soy un hombre-pluma. Siento a través de ella, en relación con ella y mucho más con ella” (1852) y que, además, consideró que solo se debía escribir cuando se tuviera algo importante y distinto para decir. No obstante, la correspondencia resulta ser una real provocación para el lector, un desencuentro en algunos casos –sobre todo para quien haya idealizado la escritura– y, siempre, una sensata reflexión sobre un oficio al que hay quienes deciden dedicar una vida, a veces, como en el caso de Flaubert, a su pesar.
Por supuesto, no me refiero en este comentario a la correspondencia completa del autor de Madame Bovary –ya quisiera uno tanto tiempo y entusiasmo para un proyecto similar–, sino a una selección y traducción del escritor, traductor y editor argentino Damián Tabarovsky hecha para la editorial Mardulce, y a la que dio por título Correspondencia teórica. Cartas sobre problemas literarios. En efecto, la lectura del volumen permite constatar que en las cartas seleccionadas aparecen temas, problemas, discusiones que, en distintos momentos, han tratado los estudios literarios: la noción de literatura, la censura, el proceso creador, la imagen del autor, los procedimientos escriturales, la materia verbal, la tradición, la forma como idea, entre muchos otros. Con ello se sugiere que Flaubert se adelantó a muchas discusiones que se constituyeron más tarde en objeto de estudio para la teoría, la historia y la crítica literaria; o que los problemas de la escritura literaria han sido los mismos, al menos desde la incursión de la literatura en el mercado de bienes culturales.
| Gustave Flaubert (Crédito: Infobae Cultura) |
En todo caso, las cartas no pierden eso buscamos en la lectura de un epistolario: intimidad. A lo largo de la selección, que cubre un periodo de la vida de Flaubert que va de 1846 a 1874, vemos al escritor pasar de joven amoroso y casi cursi a un adulto melancólico, irónico y a veces apesadumbrado. Los primeros escritos van dirigidos a Louise Colet, el gran amor de Gustave. No por estar dirigidas a la amada estas primeras cartas son menos “teóricas”; el autor reflexiona en rigurosos párrafos sobre el proceso de composición de la primera versión de obras que –luego nos daremos cuenta– le llevarán años de trabajo. Adquiere cuerpo esa idea, esa leyenda, del escritor que hizo de la escritura y de la literatura su vida toda, quizás por esa queja constante que aparece en distintos años: “No avanzo más que cinco o seis páginas por semana” (1852).
Luego de largas investigaciones, viajes, discusiones y lecturas el escritor emprende su tarea, pero se encuentra constantemente con la insatisfacción por lo escrito. Eso explica por qué, desde su juventud, Flaubert se refiere a novelas suyas que verán la luz en la madurez del autor: “¡Qué pena que ya no soy joven! ¡Cuánto trabajaría! Para escribir hay que saber sobre todo. Tanto que creemos valer, tenemos una ignorancia monstruosa, y sin embargo saber mucho nos permite tener ideas, hacer comparaciones. ¡Generalmente no llegamos a la médula del asunto! Los libros por los que fluye la literatura toda entera, como los de Homero, Rabelais, son verdaderas enciclopedias de su tiempo. Sabían todo esos tipos y nosotros no sabemos nada” (1854). Esta retórica de la carencia, de la imperfección de la obra, de la escritura como un trabajo arduo, doloroso e inútil atraviesa estos textos en los que, paradójicamente, la escritura literaria se presenta como un gesto de profunda responsabilidad con el arte, dirá el autor:
“El artista debe elevarlo todo. Es como una bomba mecánica, lleva en él un gran caño que desciende a las entrañas de las cosas, en las capas profundas. Las aspira y hace salir al sol, en forma de hierbas gigantes, lo que estaba aplastado bajo la tierra y no se veía” (1853).
Luego, refiriéndose a la obra de Voltaire –las cartas abundan en consideraciones críticas sobre escritores de la tradición francesa– Flaubert vuelve sobre su concepción del arte elevado: “Lo que me parece más elevado en el arte (y lo más difícil) no es ni hacer reír ni hacer llorar, ni poner al lector en celo o en cólera, sino actuar como lo hace la naturaleza, es decir, hacer soñar. Las mejores obras tienen esa personalidad” (1853). Pero no se trata de una vinculación exclusiva de la literatura a la fantasía, a la evasión de la realidad; aunque el autor plantee explícitamente la necesidad de una “torre de marfil” para resguardar al escritor de la vulgaridad de las masas (1866), reiteradamente sugiere la relación entre arte (literatura) y ciencia en el sentido que el siglo XIX otorgó a la novela: “¡Además, el Arte debe elevarse por encima de las afecciones personales y de las susceptibilidades nerviosas! ¡Es tiempo de darle, a través de un método despiadado, la precisión de las ciencias físicas! (1857).
Por otra parte, las cartas son un indicio de la sociabilidad de Flaubert, de una interesante y refinada red de relaciones con personalidades como Loiuse Colet, Louis Bouilhet, Alfred Baudry, la señorita Leroyer Chantepie, Sainte Beuve, Ernest Feydeau, Charles Baudelaire, la entrañable George Sand –un capítulo supremamente importante en la historia intelectual y sentimental de Gustave–, Jules Michelet e Iván Turguénev.
Uno se pregunta por el estatus íntimo de esta escritura pues se sabe que en el siglo XIX las cartas, aunque tuvieran un destinatario, circulaban entre colectivos de lectores. De hecho, Flaubert se refiere a las cartas de Edma Roger y Louis Bouilhet quienes “todavía se escriben; las cartas son maravillosas por su prosa y su poesía” (1852). No obstante, el lector contemporáneo otorga a las cartas algo de esa intimidad perdida, incluso crea un contexto de lectura a partir de ella, la presupone, y eso les imprime un carácter literario. Por algo resaltamos frases, las trascribimos y extraemos algo que, seguramente, alimentará nuestra propia educación sentimental.
Por último, al leer a Flaubert surge la pregunta por esas escrituras no asumidas, irresponsables, cuyo único compromiso parece ser el mercado, la figuración y el espectáculo efímero. También queda la inquietud por la costumbre banalmente retomada de publicar los epistolarios de escritores y escritoras (vivos) que han asumido su intimidad como algo tan importante que merece ser conocido por los demás mortales. Ante este panorama actual viene bien saber que un escritor, uno de verdad, escribió en una de sus cartas: “Pero hasta ahora solo siento un inmenso aburrimiento, debido a la naturaleza y al ocio, y además no soy un hombre de la naturaleza: sus maravillas me conmueven menos que las del arte” (1874).
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