Trabajos del reino (2004), de Yuri Herrera, llegó a mí por Karla. Ella estaba particularmente conmovida con una novela en la que veía un caso de aquellos en los que la relación literatura y cultura popular se concreta en una buena obra. Quiero decir que todo esto ocurrió en Montpellier, Francia, no solo para presumir que estuve en Francia, sino también por lo que eso significa en términos de la circulación de una novela latinoamericana contemporánea: hablo de la escritura de un autor mexicano que conocí más fácil en Europa que en este otro lado del mundo desde el que ahora escribo, que ha interesado a una comunidad de lectores en Francia y que se estudia en contextos académicos francófonos (Karla es estudiante de un posgrado en literatura en la Universidad Paul Valéry).
La novela narra la historia de un cantautor de
corridos que, como muchos de los que se tiene conocimiento en México, se convierte
en el compositor de canciones para una especie de capo, un Rey, y con ello se
introduce en un mundo que hemos conocido desde la perspectiva del cine, la llamada
narco novela, la crónica, las series, la prensa amarillista que se adjetiva “narco”.
Quizás sea eso lo que llama inicialmente la atención: la misma leyenda del Rey
narco, pero contada desde la perspectiva de un súbdito que no es un sicario ni
un traficante sino un cantante, un compositor, un Artista (con A mayúscula
porque en la novela se le denomina así).
No necesité avanzar mucho en la lectura para
detectar una relación entre la historia del Artista y la del poeta del cuento “El
rey burgués”, de Rubén Darío. Sé que puede resultar herético relacionar al
representante principal del Modernismo con una historia de un cantautor de corridos,
pero uno se arriesga a comentar libros precisamente para eso, para proponer
nuevas relaciones, así la varilla venga después. En todo caso, así como el
poeta del cuento de Darío, el Artista de la novela de Herrera se pone al
servicio del poderoso, el Rey, y termina por encarnar la caja de música que
ambienta la vida del Rey. El Artista, en otro tiempo juglar, poeta oral, genio
de la canción popular, se hace pieza de adorno, pertenencia, objeto condenado
al olvido, juguete para entretenimiento del Rey.
Seré más atrevido: veo en la novela de Herrera
una actualización del cuento de Darío. Es cierto, en esta época (la novela se
publicó por primera vez en 2004) los poetas son otros y los reyes burgueses son
otros, muy distintos de los del final del siglo XIX cuando escribió Darío (el
cuento se incluye en el famoso volumen Azul publicado en 1888). Pero, a fin de
cuentas, las funciones a las que se condena el arte en contextos donde se
expande el capitalismo y el modo de vida burgués es, fundamentalmente, la
misma. Tenga o no tenga “buen gusto” quien detenta el poder. Porque creo que,
en conclusión, la novela sugiere una reflexión que no es nueva pero que, al
plantearla en un contexto nuevo, nos concede la ilusión de la genialidad.
Ahora bien, esta ilusión de genialidad está
dada, a mi manera de ver, por el ritmo de la narración, por el lenguaje, por la
cultura popular, por las palabras muy propias de un estrato social, una especie
de código que ha logrado configurar un universo aparte, el de “lo narco”. A
propósito, en la novela de Herrera esa raíz idiomática no aparece en ningún
momento, como tampoco aparecen nombres propios para los personajes sino sus
genéricos: el Artista, el Rey, la Cualquiera, etc. Estas referencias al ritmo,
el lenguaje, la cultura popular se articulan en una tesis: la novela es contada
como un corrido, a ritmo de corrido, de narcocorrido si se quiere. Esto tiene
su complejidad en términos de la estructura de la narración, de la construcción
de personajes típicos, del dominio de un registro muy particular de la lengua,
del conocimiento de la cultura popular y de un contexto (el de los narcos) que
todos creemos conocer cuando lo que realmente conocemos es otra ficción.
En Colombia, el escritor santandereano Daniel Ferreira se refirió alguna vez a los narco corridos como manifestación de la
cultura popular muy presente en una de sus novelas, La balada de los bandoleros
baladíes (2011). Al parecer la balada iba a ser corrido. Me interesa mucho esta
idea de Ferreira: la presencia de la cultura popular no solo en el contenido de
la obra literaria, sino en su forma. Se trata de un propósito muy ambicioso que,
quizás, se encuentre ahora realizado en la novela de Herrera. Intuyo que eso
fue lo que llamó la atención de Karla y el motivo por el cual me regaló esa
novela que prometí leer con atención.
Tengo que decir que durante la lectura de Trabajos del reino no pude resistir la tentación de escuchar corridos y música
de banda. Esa lectura coincidió con las noticias sobre la muerte de El Mencho y
las imágenes increíbles de su tumba literalmente llena de flores y coronas y
una banda tocando con todo el sentimiento una canción llamada El muchacho alegre. Así también llegué a Chalino Sánchez que, se dice, inspiró en algo la
historia de El Artista.
A Karla gracias por esta provocación y por
estos días de contacto con ese universo escabroso, pero también tan literario,
tan lleno de música, intrigas, muerte, traiciones y, finalmente, una manifestación
muy extraña de la vida en el medio menos propicio para que prospere.

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