Tenía unos veinte años cuando leí La vorágine (1924) por primera vez. Era estudiante de licenciatura y asumí el reto de leer el canon de la literatura colombiana (me faltaban María y La vorágine porque Cien años de soledad lo leí a los diecisiete). Me gusta recordar la edición que leí en ese entonces: la había conseguido en La Bastilla, de segunda (hoy les decimos libros leídos) y el librero la tenía envuelta en plástico y sellada con cinta adhesiva; no se trataba de un incunable precisamente, pero para mí lo era. Se trataba de una edición de Círculo de lectores incluida en una colección llamada Joyas de la literatura colombiana . La tapa dura, azul oscuro, con sus letras doradas y repujadas me hacían pensar que estaba leyendo un auténtico clásico. Luego recordé que años atrás esas colecciones las compraban en algunas casas como bibliotecas que adornaban las salas de estar. La vorágine , Colección Joyas de la literatura colombiana, Círculo de Lectores La que compró el estudiant...