Dicen, porque no he leído a Proust, que en su más famosa novela una galleta lleva a evocar una vida. En Lorrie Moore no es una galleta sino los sesos de algún animal no humano parisinamente preparados lo que lleva a la narradora a evocar los últimos años de su adolescencia en un lugar de América llamado Horsehearts; el momento preciso donde se da esa transición extraña a la primera adultez. No es, pues, una vida sino un periodo aparentemente sin importancia el que Moore elige para preguntarnos sobre nuestras propias transiciones olvidadas, no consideradas, ocultas quizás en el apabullante montón de recuerdos de épocas canónicamente más importantes de nuestra vida.
La historia tiene un marco: Berie (la narradora) y Daniel, su esposo, están en París y participan de una cena. Todo parece rutina, apariencia; el deseo de un cambio es tácito, el fin es inminente. En ese ambiente tenso Berie experimenta un flashback a sus quince años, un momento límite y definitivo: la amistad con Silsby, la música, un trabajo como cajera en un parque de diversiones, los cigarrillos y la marihuana, un aborto, una madre problemática, la llegada de un amor. La historia es al mismo tiempo lo que todos hemos experimentado y lo que nadie ha evocado o, mejor, la manera como nadie lo ha evocado.
Voy a abusar del verbo “evocar” en este comentario. La novela de Moore es una evocación, un llamar o traer a la memoria. Como mecanismo literario no se trata de nada novedoso, pero lo que tiene que llamar nuestra atención es la forma como se evoca, la manera como se trata lo evocado. Porque no es nostalgia romántica o romanticismo de la desilusión (una manera muy literaria de decir “llorar sobre la leche derramada” o lamentarse por lo que no se hizo), sino de una evocación en la que hay deseo de entender, autoconocimiento, aceptación y, derivado de esto, ironía, incluso risa. Pienso en una imagen que pueda condensar la experiencia de leer esta novela y viene a mi cabeza la escena de dos muchachas jóvenes que fuman cigarrillos en una habitación mientras escuchan y cantan a gritos canciones rebeldes de los años setenta. Esta novela es un poco eso: juventud, nostalgia, comprensión y, como resultado de la ecuación, ironía; la sonrisa que se cruza en los labios cuando se ha logrado entender.
Berie, ahora adulta, sugiere todo el tiempo cómo su relación matrimonial se desplaza inevitablemente al fin. Desde ahí inicia su viaje al pasado, lo que constituye el motivo principal de la novela; quizá pueda encontrarse en ese pasado una explicación a la actitud del presente de esa narradora, la comprensión de un nuevo “volvió a pasar”; la comprensión de que siempre perdemos, de que todos somos, en alguna medida, perdedores. Y ya sabemos que a Moore le encantan los personajes perdedores, como los que aparecen en otra novela suya, Anagramas. Todos somos, en alguna medida, ranas besadas que nos hemos quedado ranas, como lo dice la misma Berie: “Pintó el cuadro con azules y verdes profundos. En el fondo, detrás de algunos árboles, había dos niñitas vestidas de santas o enfermeras o niños o princesas… ¿qué eran? Cenicientas. Cuchicheaban. Y en primer plano, cerca de las piedras y los nenúfares, había dos ranas heridas, una enyesada, la otra con una venda atada alrededor del ojo: parecían ranas que habían sido besadas y besadas con violencia, pero se habían quedado ranas. Lo enmarcó, lo colgó en su cuarto y lo tituló ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?” (p. 29).
Hay que leer esta historia, también, como la historia de una amistad entre mujeres jóvenes, un motivo que ha sido explorado en otras narraciones, como Panza de Burro, de Andrea Abreu, también comentada en este blog. Se trata, indiscutiblemente, de otra clave de lectura de esta novela: “Me acuerdo de que pensé que alguna vez las mujeres se habían muerto de fiebre cerebral contraída por los pinchazos de los alfileres de sus sombreros, y que aún después de tanto tiempo, era difícil ser una chica, acarrear estos cuerpos que no estaban nunca bien, heridas que necesitaban arreglos, cabezas que necesitaban sombreros, correcciones, correcciones” (p. 80). En este sentido, hay que decirlo, tanto Silsby como Berie encarnan ese malestar; a pesar de las libertades conquistadas en la década del setenta, ambas tienen una consecuencia qué sufrir por el hecho de ser mujeres. Pienso que Moore lo deja muy claro sin hacer de su novela solamente un lamento sobre esa situación. Insisto, este texto conmueve por su forma irónica de evocar la adolescencia, una forma en la que hay comprensión, no lamento. Eso, creo, le da a esta novela una entrada distinta en el universo de obras que tratan y retratan las complejas situaciones de la mujer en los sistemas patriarcales. Estoy seguro de ser muy reduccionista al decir esto.
Recomendaría leer esta novela por tratarse de una historia de chicas jóvenes; sí, me gustan las historias de jóvenes, aunque contadas por una mente adulta (es algo que me recuerda El guardián… de Salinger). También, por su narradora, por esa conjunción de desencanto y maravilla que le sirven de lente para ver su pasado. Por la inevitable evocación del propio pasado a la que conduce el relato (los hermanos como primeros amigos, la madre y el padre, la muerte, las personas que nunca ganaron nuestro cariño, las que dejamos ir). Y, para finalizar, por sus frases: Moore dice algo sobre eso en esta obra: “Para mí hay frases que lo atraviesan todo; hasta de la tela de las cortinas y de los tapizados cae la lluvia, como la ropa en un retrato de Van Gogh” (p. 172).
*Lorrie Moore, 2019, ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, Eterna Cadencia Editora.
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