Los Campos electromagnéticos. Teorías y prácticas de la escritura artificial (2023), por Jorge Carrión / Taller Estampa / GPT-2 y 3. Caja Negra Editora, Buenos Aires.
Este libro se escribe en 2022, pero se publica en 2023. En ese entonces, al menos en Colombia, las inteligencias artificiales generativas eran aún recién aparecidas. Jorge Carrión da cuenta en este texto de años de pesquisas sobre las escrituras automatizadas, los chatbots, hasta llegar a las versiones 2 y 3 de GPT con las que, finalmente, se articula para la creación de este libro. No es, pues, un experimento de principiantes. De hecho, me pregunto en este momento por qué hablo de experimento y no de obra.
Las escrituras siempre han sido procesos colaborativos, pero ahora lo son más que nunca (p. 119). Fiel a ese principio, este ejercicio tiene como antecedente la experiencia de escritura de Los campos magnéticos (1920), un experimento de los surrealistas André Bretón y Philippe Soupault. En ese entonces el método consistía en la escritura automática con la que Carrión, cien años después, establece un diálogo, se adhiere a una tradición. Así las cosas, la colaboración puede darse incluso entre escrituras de periodos distintos y distantes en el tiempo. Con ello, la escritura generada con inteligencias artificiales pierde extrañeza pues está “amarrada” a prácticas, estilos y concepciones con los que el arte y la literatura conversan hace al menos cien años.
Lo que más me ha interesado del libro es la familiaridad que construye con la máquina (me referiré así a la IA, a GPT, a las herramientas de automatización de la escritura) y que, creo, se traslada al lector. Uno siente, por momentos, estar enfrentando a un monstruo; la comparación no es desproporcionada porque en la actualidad persisten y a veces se enfatizan los discursos apocalípticos sobre la IA y su incursión en la creación literaria. Contrario a eso, Carrión crea en un primer momento un relato sobre la presencia de experimentos de muy distinto orden en la historia de la escritura literaria y, dentro de estos, los que a partir del psicoanálisis dieron lugar a la libre asociación, el monólogo interior, el flujo de consciencia y la composición de vanguardias como el surrealismo o el dadaísmo. De este interesante panorama, se concluye: “nos encontramos en una transición parecida a la que vivieron los escritores, los lectores, todos los creadores de la tercera década del siglo XX. Si el paso entre la escritura consciente y la inconsciente caracterizó aquellos años, la escritura producida por aprendizaje automático y otras formas de inteligencia artificial está imprimiendo una vibración particular a los nuestros (…) Lo que ahora es escritura automatizada se irá convirtiendo en artesanía, en literatura, en arte. Porque lo que nació de la programación, de la escritura de código, se está transformando progresivamente en lenguaje literario” (p. 18).
Luego de semejante provocación, el autor Jorge Carrión presenta el contexto en el que se lleva a cabo el experimento, Taller Estampa, y las herramientas digitales que servirán de coautores, GPT-2 y 3. Escribirlo así es rarísimo: una IA que es coautor de una obra, pero en adelante será más común de lo que imaginamos; de hecho, está siendo más común de lo que pensamos.
Lo que sigue son dos capítulos del libro escritos, uno por GPT-3 y otro por GPT-2. El primero lleva por título “Los campos electromagnéticos” y el segundo “Una escritura artificial de las prácticas y las teorías”, a este último se le atribuye un autor, Jorge Carrión Espejo, que es distinto de Jorge Carrión. La experiencia de lectura es extraña; es demasiado evidente la escritura collage que crea la máquina a partir de la información con la que ha sido alimentada y de las preguntas (las llamaré prompt) que se le plantean siguiendo el modelo de los surrealistas; en este caso, los sistemas GPT fueron alimentados con un data set (lo entiendo como un gran corpus de archivos) de la autoría de Jorge Carrión, de lo que se esperaría como resultado una prosa similar a la suya. Sin embargo, el producto es una escritura que, si bien puede ser cohesiva en el plano formal-gramatical, en la mayoría de los casos resulta incoherente en el desarrollo de sus contenidos; lo que comienza como un texto expositivo de carácter científico, puede transformarse, sin más, en una narración en primera persona y terminar en la descripción de una escena de ciencia ficción. Lo inquietante es que el cerebro lector parece hacer el esfuerzo para adaptarse a ese nuevo modo de lectura, es decir, intenta establecer conexiones, construir sentido; esto, muy probablemente, fue lo que pasó con los cerebros que, en el pasado, se enfrentaron por primera vez a un flujo de conciencia: tuvieron que crear o quizás reconocer una convención de lectura para asimilar ese estilo.
Leer este libro es un riesgo, y no me refiero solamente al riesgo de la complejidad de la escritura automática, tan fragmentada, tan ambigua… (estas características hacen pensar en cierta literatura); me refiero al riesgo de conocer argumentos para convencerse de que lo que estamos viviendo de cuenta de la incursión de la IA en la escritura literaria no es nuevo y que, tal vez, solo estamos ante una transformación de los medios de producción de lo literario que, como sabemos, tendrá efectos en las formas de circulación y de consumo, también en los mecanismos de distinción que se inventará la institución para decidir a qué llamar buena o mala literatura. No obstante, dado que GPT proviene de Elon Musk, el tecno-optimismo corporativo y el imperialismo digital (son términos de Carrión), “hay que intervenirlo, hackearlo, distorsionarlo” (p. 133). Experimentos-obra como esta logran ese cometido, quitan el miedo a la herramienta. Uno tiene la impresión de haber enfrentado al monstruo y la ilusión de domesticarlo.

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