Leí el capítulo nueve de esta novela con el estupor que seguramente experimentaron quienes ya la han leído. Una profusión de imágenes que aterran no tanto por su cercanía a la historia de este país nuestro, sino por la confirmación de que nuestra realidad supera con creces la más aterradora de las ficciones. La violencia, que fue instaurándose en el relato como un ruido de fondo, se hizo estridente al final y me ensordeció.
Si una novela, una escritura, logra ese efecto, entonces hay que hacerle caso, ponerle atención; hay algo qué entender. Es posible que ese efecto sea una de las respuestas a la pregunta por la recepción que ha tenido Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso (2021). Por recepción entiendo no solo la acogida que ha tenido y tiene en un público cada vez más amplio, sino también los rechazos y la crítica -ha habido de ambos-, algunas mejor fundamentadas que otras.
Salazar Masso recurre al conocido cronotopo del camino, del viaje por el río en este caso, para narrar en primera persona la historia de una mujer blanca que debe devolver su hijo adoptivo a su madre biológica. No es un detalle menor aclarar que hijo y madre biológica son negros pertenecientes a una comunidad que habita las orillas del río Atrato, en Chocó. En la canoa que sirve de transporte, madre adoptiva e hijo conocen personas con quienes comparten historias a partir de las cuales accedemos a la vida de la madre adoptiva, a su pasado; esta reconstrucción se complementa con sus introspecciones o lo que distintos comentarios sobre el libro han denominado “viaje interior”. Por otra parte, el viaje tiene paradas que implican el desembarco en poblaciones distintas y, por lo tanto, un acercamiento a nuevos personajes, a sus historias y modos de vida. El esquema es aparentemente sencillo e implica dominios no solo escriturales para su desarrollo. Salazar muestra allí un conocimiento del territorio chocoano, de sus costumbres e historia, de la vida en el río, pero el punto de vista desde el cual se expresa dicho conocimiento se torna problemático.
Como si el problema de la maternidad no fuera suficientemente complejo, la autora decidió contar la historia desde una voz blanca que, de ninguna manera, puede ser objetiva respecto de la experiencia negra. Desde esta voz que, es justo recordarlo, no necesariamente corresponde a Salazar sino a la narradora que crea (otro personaje), el Chocó y sus habitantes se revisten nuevamente de pintoresquismo; así la narradora haya vivido en Chocó desde su infancia, su visión del territorio y de las personas que lo habitan sigue siendo lejana, extraña, foránea. Este asunto sumado a un contexto en el que se sigue asumiendo que en literatura hay motivos y temas reservados para ciertas comunidades, ha suscitado discusiones en las que aparecen términos como racismo; además de un extenso manual de cómo se han de referir los escritores (sobre todo si son blancos) a motivos relacionados con las comunidades afro.
Considero que exigir de esa manera a la literatura vulnera la autonomía de las escritoras y escritores; es pedirles impostar una escritura políticamente correcta. Quizá el valor de esta novela se deba a la transparencia de ese punto de vista que, aunque sabemos que ha disgustado, ha hecho que se pronuncien voces críticas, inconformes, defensoras no solo de lo políticamente correcto sino de las conquistas de los pueblos afro en nuestro país.
Ahora bien, no creo que el libro pueda agotarse en esa eterna dicotomía negro/blanco, civilización/barbarie a la que lo han querido reducir; como suele suceder, la discusión que más polémica genere será la dominante, al punto de escuchar comentarios reduccionistas que recomiendan no leer la novela por tratarse de un “texto racista”. La maternidad y la violencia son temas tanto o más presentes que aquel; es tan importante el tratamiento de la cuestión étnica (no estoy seguro de emplear aquí el término racial) como el tema de las maternidades problemáticas (como si toda maternidad no lo fuera). En este aspecto, creo pertinente relacionar la novela de Salazar con una película, Amazona (2016) de la directora Clare Weiskopf y el director Nicolás van Hemelryck, y la novela Los abismos (2021) de Pilar Quintana. Los tres textos conforman un corpus de manifestaciones de artistas mujeres que cuestionan formas hegemónicas de ejercer la maternidad que se consagraron durante el siglo XIX y se combatieron durante el XX. Me parece injusto no ver en Esta herida llena de peces una contribución, en muchos momentos bella, a esa discusión; con el agravante de la cuestión étnica que parece haberse llevado todas las miradas.
Por último, y no por eso menos importante, está el tema de la violencia que, también, tiende a trivializarse como un lugar común del que los colombianos dizque estamos cansados; yo creo que no podemos cansarnos de escribir la memoria de la violencia ni de leerla. En ese sentido, considero un acierto que este fenómeno que tanto ha afectado a Chocó aparezca en el relato; aunque no estoy muy seguro de que la manera como se le trata haya sido lo suficientemente considerada con las víctimas. Si algo nos ha enseñado el Proceso de paz y la Comisión de la vedad es lo considerados que hay que ser con las comunidades directamente relacionadas con el conflicto armado; quizás esto sea lo único que esté por encima de la pretendida autonomía de la literatura.
Me alegra saber por parte de muchos colegas que esta novela se ha leído en instituciones educativas, en clubes de lectura, que se agota fácilmente en algunas librerías y que todavía es objeto de críticas y acaloradas discusiones entre lectores y estudiosos. Quiero entender esa recepción múltiple que ha tenido el texto y lo que esa recepción dice sobre nuestra cultura, principalmente sobre nuestra actual relación con el Otro, con la maternidad y con una violencia que no fue sino que es. No es casualidad el protagonismo que se le ha dado a la polémica por un supuesto racismo; tampoco las defensas a ultranza de parte de lectoras y lectores amparados en el “buenismo” que tantos me gusta le dieron a las señoras de Bogotá. La novela y su recepción son un síntoma de una cuestión tal vez no resuelta, pero aún en esta circunstancia la literatura cumple su función al permitirnos poner en palabras esa inconformidad. En un país como el nuestro, eso ya es mucho.
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