Ir al contenido principal

Nota sobre Teoría de la gravedad

Son como balas, le dije a alguien que me preguntó qué tal me parecían las columnas (¿Son columnas?) de Leila Guerriero en Teoría de la gravedad (2019). No sólo porque cada uno de esos textos suena como un disparo que queda retumbando en la cabeza sino porque al final de cada uno muere algo en uno, tal vez la inocencia, la ingenuidad, la hipocresía, la autocompasión, la mentira a veces necesaria con la que cubrimos tanto en nuestras vidas. Todo eso queda como agonizando luego del punto que cierra cada entrada de ese libro maldito. 


¿Cómo describir lo que ocurre luego del punto? Uno saca la mirada de la página y la dirige a algún lado, como buscando algo que ya no está, se siente un desasosiego breve y un vacío… Se juntan la revelación y el hueco en el estómago, la comprensión y la consternación ¿Cómo puede una escritura suscitar todo eso, provocar ese efecto?

Llegué a pensar en la imagen de un guerrero antiguo (quizás un aborigen) que toma una piedra o un pedazo de madera bruta y comienza a pulirla, a darle forma, a afilar hasta convertirla en lanza, en arma, en punta fina y letal. Eso puede ser cada uno de esos textos, un arma finamente elaborada en la que confluyen la delicadeza del procedimiento y la brutalidad del efecto. 

Teoría de la gravedad es uno de esos libros que uno no quiere dejar de ojear, de leer en voz alta, de compartir con su grupo de cómplices, de llevar a todos lados, de disfrutar, de padecer.


Dedicado a Juli, por hacerme este regalo tan inmenso.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Monumentos

La ciudad de La Habana está llena de monumentos; en Centro Habana pueden caer las casas de los cubanos más pobres (porque en la isla hay desigualdad, no me digan que no), pero jamás los monumentos. Porque, como lo dijo Karla Suárez en su novela El hijo del héroe , la Revolución necesita héroes, relatos que sustenten esos heroísmos y monumentos. En todo caso, los monumentos en Cuba y en cualquier parte están levantados sobre mentiras; además de anacrónicos, me resultan sospechosos. El bronce brilla, pero aquello que representa (el pueblo, la lucha de las mujeres, el orden, la revolución, la patria, los mineros) sigue su corrupción sin que nada la altere; los monumentos sirven para recordar cosas, para perpetuarlas, no para cambiarlas.   Quizás los modelos de ciudad de las sociedades de finales del siglo XIX y comienzos del XX vieron en los monumentos una manifestación de civilidad. Cada uno quiso imponer su versión de la historia levantando conquistadores y patriotas de hierro...

Comentario irresponsable sobre Vargas Llosa (ahora que ha muerto)

No es, como se ha repetido en las últimas horas, el fin de los autores del Boom. Porque los autores (hombres y mujeres) no son los cuerpos biológicos que mueren sino construcciones, imágenes creadas por ellos mismos y por las instituciones. Entonces no creo que se trate del fin de Mario Vargas Llosa –de hecho, estará más presente que nunca en los próximos días– sino de un nuevo momento para la recepción de su obra.  Debe ser muy difícil no exaltarse si uno es peruano, admira a Vargas Llosa y, al mismo, tiempo, le tocó vivir todos los desaires de su último periodo como figura pública. Lo digo por decenas de mensajes que han llegado a nuestros celulares el día de hoy, todos debatiéndose entre recordar o no al escritor peruano después de que su hijo Álvaro informara sobre su muerte el pasado 13 de abril. "Recordar o no" puede traducirse por “cancelar o no”.   Pienso que este tipo de escritores (ahora sí extintos) pueden suscitar reacciones como esta porque, querámoslo o...

¿Para qué un desfile de mitos y leyendas hoy?

Una mujer de casi ochenta años estuvo de pie, al lado mío, durante las casi dos horas que duró el paso del desfile en la tarde de ayer. La acompañaba su nieta, de unos treinta, y un nieto, de máximo seis. Presencié el desfile al lado de tres generaciones. Quiero decir que lo más bello del desfile transcurre entre los cientos de personas que se asoman a la calle, a la esquina, a los balcones, a las puertas y ventanas para ver lo que vemos cada año, aunque con la expectativa de la primera vez. Hay quienes todavía se asustan con las máscaras y gritos de los personajes disfrazados, también están los que critican (como yo), los que se conmueven y evocan (también como yo) otros desfiles de otros tiempos, y quienes a pesar de los cambios inevitables creemos que en el desfile anual de mitos y leyendas del pueblo está nuestra historia, nuestra memoria, nuestros malestares y contradicciones, en fin, lo que hemos sido, lo que somos y lo que queremos ser.    Mientras veía pasar pancartas,...