Nadie nada nunca (2014) [1994] es una novela llena de claves, de indicios, sobre la orientación de su construcción: “tan ancho como largo es el tiempo entero”. Le dije a alguien que, al leer esta novela, tenía la sensación de entrar en contacto, en principio, con una bruma densa; y que, a medida que iba entrando, esa espesura se iba aclarando por el mejor contacto con los detalles, con los distintos puntos de vista, con lo aparentemente accesorio, incluso con la digresión. Pienso que Juan José Saer logra que, en la experiencia con su texto – que es siempre azarosa, siempre desafiante e incierta – se acceda a su propia convención de lectura; a veces sin saberlo, el lector termina por pactar una participación en un proceso desconocido y, al mismo tiempo, comprometido con la construcción de un sentido. No miento si afirmo que se trata de una lectura muy significativa, precisamente por lo que exige al lector y a su subjetivad, hay que decirlo.
La ciudad de La Habana está llena de monumentos; en Centro Habana pueden caer las casas de los cubanos más pobres (porque en la isla hay desigualdad, no me digan que no), pero jamás los monumentos. Porque, como lo dijo Karla Suárez en su novela El hijo del héroe , la Revolución necesita héroes, relatos que sustenten esos heroísmos y monumentos. En todo caso, los monumentos en Cuba y en cualquier parte están levantados sobre mentiras; además de anacrónicos, me resultan sospechosos. El bronce brilla, pero aquello que representa (el pueblo, la lucha de las mujeres, el orden, la revolución, la patria, los mineros) sigue su corrupción sin que nada la altere; los monumentos sirven para recordar cosas, para perpetuarlas, no para cambiarlas. Quizás los modelos de ciudad de las sociedades de finales del siglo XIX y comienzos del XX vieron en los monumentos una manifestación de civilidad. Cada uno quiso imponer su versión de la historia levantando conquistadores y patriotas de hierro...
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