Es posible que no se haga la casa una sola vez en la vida o que para hacerla haya que tumbar y abandonar muchas. Tal vez porque la casa siempre es uno, o uno y su propia situación. Pienso en cada cosa que uno lleva a su casa, una planta, un muñeco de porcelana, un nuevo plato, un juego de tazas… Cada cosa se elige como si definiera algo vital, aunque tal vez no lo sea. Por eso da nostalgia dejar las casas, aunque haya otras nuevas; porque, querámoslo o no, algo se nos queda en las que ya habitamos y, aun nostálgicos, no perdemos la esperanza de construir una nueva, siempre una mejor, eso pensamos.
La ciudad de La Habana está llena de monumentos; en Centro Habana pueden caer las casas de los cubanos más pobres (porque en la isla hay desigualdad, no me digan que no), pero jamás los monumentos. Porque, como lo dijo Karla Suárez en su novela El hijo del héroe , la Revolución necesita héroes, relatos que sustenten esos heroísmos y monumentos. En todo caso, los monumentos en Cuba y en cualquier parte están levantados sobre mentiras; además de anacrónicos, me resultan sospechosos. El bronce brilla, pero aquello que representa (el pueblo, la lucha de las mujeres, el orden, la revolución, la patria, los mineros) sigue su corrupción sin que nada la altere; los monumentos sirven para recordar cosas, para perpetuarlas, no para cambiarlas. Quizás los modelos de ciudad de las sociedades de finales del siglo XIX y comienzos del XX vieron en los monumentos una manifestación de civilidad. Cada uno quiso imponer su versión de la historia levantando conquistadores y patriotas de hierro...

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