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La lengua de la mitómana

Además de las continuidades y discontinuidades de orden temático entre Loca mitómana y Un beso de Dick, señaladas de manera tan atinada por Pedro Adrián Zuluaga, se me ocurre que hay, también, conexiones e interrupciones entre las formas de esas obras. Mi proyecto puede parecer conservador e impertinente, pero creo que una lectura de los procedimientos escriturales, del uso particular que Guillermo Correa hace de la lengua para la construcción de su novela, viene bien para alimentar su recepción y discusión. Con este propósito, me propongo una reflexión sobre distintos niveles de la forma que, como se verá, es imposible aislar de asuntos del contenido; asumo pues que la distinción forma/contenido opera solo metodológicamente.



Lo primero es el género. Loca mitómana es una novela; podrán adjetivarla con términos como biográfica, autobiográfica, escritura o narrativa del yo, autoficcional, autorreferencial. El adjetivo lo discutirá otro comentador, pero el género no: es novela por el tiempo-espacio en el que se desarrolla, la contemporaneidad; por sus personajes cercanos, así Abraham tenga nombre de héroe épico (a veces pienso que lo es); por la orquestación de voces, de visiones de mundo, que se percibe no solo en los enunciados de los personajes sino en las selecciones y disposiciones del lenguaje hechas por el autor. 

Ahora bien, se trata de una novela que, composicionalmente, adopta y articula géneros discursivos diversos. Este es un asunto fundamental en la construcción de Correa: conversaciones en redes sociales, correos electrónicos, diálogos de bar, narración en primera persona, narración en tercera persona. El escritor va y viene de una forma composicional a otra según su necesidad expresiva; hay capítulos en los que estamos muy involucrados en la historia y otros en los que tomamos distancia con la ayuda de un narrador convencional; luego, accedemos al lugar privilegiado del voyeur que lee las conversaciones privadas de Grindr. El resultado es un texto dinámico, vivo, diverso en sus registros, divertido, profundo, crítico y conmovedor.

No puedo imaginar una Loca mitómana contada por un narrador omnisciente todo el tiempo, que entra en los pensamientos de los personajes y comenta las conversaciones privadas de sus redes sociales; tampoco una contada solo en primera persona. Esta idea del amor solo puede ser comunicada a partir de la alternancia de los modos de narrar, de la conjugación de voces, de los diálogos orales y escritos (me refiero a las distintas conversaciones en redes sociales que aparecen a lo largo de la historia), de la combinación de registros del lenguaje que, deliberadamente, no hace distinciones entre lo culto y lo popular, entre una lengua para escribir y otra para hablar.

Hay, pues, una conexión entre la idea del amor que encarna y padece Abraham (el personaje y por momentos narrador) y el uso que hace de la lengua para comunicarlo, para hacerlo no solo comprensible sino también conmovedor para otros. Eso hace que convivan en el texto referencias académicas y de una cultura exquisita con menciones y expresiones de lo muy popular; Guillermo Correa pone la oralidad cotidiana de unos universitarios en el plano de lo literario para decir de un amor que escapa a las formas (y palabras) convencionales con las que se suele nombrar el amor. Esta forma de decir, además de difuminar (desaparecer) cualquier límite entre lo culto y lo popular, opta por recursos como el humor, la ironía y la parodia que son la expresión de un profundo conocimiento del fenómeno (el amor o el desamor), quizá la manera de manifestar aceptación, como en un duelo.

Creo que el humor y la ironía son los recursos en los que más se refina el uso de la lengua en Loca mitómana. Lo cómico que podemos percibir es la punta de un iceberg trágico. Si bien la novela no se propone victimizar a nadie, sí hay en la realidad de Abraham una imposibilidad, la necesaria y reconocida incompletud. Sin embargo, para manifestarlo el escritor no elige la tragedia sino el registro irónico, melodramático a lo Amodóvar (de hecho, “almodovariano” es un adjetivo que aparece en la novela), es decir, elige reír tras haber comprendido. Y, en el caso de Abraham, esa comprensión no es solo risa sino expresión carnavalesca, broma inteligente, novela.

Es una novela que “se muerde la cola”; es una conclusión del proceso que ella misma ha reconstruido; es producto, resultado de ese proceso, aunque todas estas expresiones suenen horribles. La novela se debe al conflicto que ella misma representa, es su efecto, una respuesta, quizás venganza. Hay que ver allí, también, otro nivel del uso de la lengua, un procedimiento que convierte la escritura en acto, en gesto, en performance. La respuesta de Abraham son las palabras, siempre lúcidas (los correos electrónicos que escribe a su exnovio y a Benja son piezas bellísimas), pero su respuesta más contundente es la novela, el relato tal cual él ha decidido contarlo. 

No debe ser tarea fácil narrar el amor hoy. Correa ha enfrentado ese reto y creo que ha salido bien librado, en hombros. Nos ha proporcionado una visión contemporánea del amor con todos sus matices, encrucijadas, contradicciones, “liquideces”, más preguntas. Y, sin embargo, la loca no reniega del amor; al contrario, lo asume con dramatismo, escribe una novela (el género en el que se expresaron las historias más sentimentales en el siglo XIX) y deja allí, para siempre, su historia que es, como la de Fernando Molano, una historia de amor.       


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