No conocemos mucho sobre Octave Uzanne (1851-1931). No se trata de un escritor renombrado de la Francia de finales del siglo XIX. Al leerlo, es fácil encontrar el por qué: en un contexto dominado por el Realismo y el Naturalismo en la narrativa, sus textos se decantan por un fragmento muy preciso de esa realidad, a saber, la que construyen los lectores, libreros, coleccionistas, editores, impresores y todo ese montón de personajes que habitan el universo del libro, un universo que, entre otras cosas, puede estar más cerca de las historias de Julio Verne que de las de Balzac, Flaubert o Zolá.
El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos (2015), como su título lo indica, es un libro de cuentos —aunque la categoría cuento puede discutirse para el caso de algunos relatos que aparecen en el volumen— que tratan sobre y se dirigen a un público muy especializado: los bibliófilos y bibliómanos. Esto no quiere decir que alguien que no lo sea (como yo) no pueda entrar y participar de estas historias; al contrario, creo que contar con esa mirada distanciada permite descubrir un mundo, como una realidad paralela, en la que existen oficios, manías, códigos, discusiones, competencias, redes de sociabilidad, etc., en torno al objeto libro.
Las suposiciones distópicas de un hombre ilustrado en una conversación sobre el futuro de los libros, el descubrimiento de notas en las márgenes de un antiguo documento en las que se revela una historia de amor, el hallazgo de un diario de Napoleón, la competencia por la posesión de una vieja y bien avaluada biblioteca, la historia de dos lectores que se niegan a dejar de visitar la biblioteca durante la guerra o la adquisición de una colección en la que parece haber nuevos testimonios del movimiento romántico, todo eso hace parte de los motivos sobre los que trata este conjunto de relatos.
El conjunto da cuenta de un momento en el que el mundo del libro había llegado a un nivel de especialización que permitía a un escritor, que además se consideraba un gran bibliófilo, representar situaciones y usar un código común para cierto sector de la sociedad francesa de ese periodo. Los términos con los que en distintos relatos se describen ejemplares únicos de libros y materiales impresos constituyen una especie de glosario que fue constituyéndose a medida que se especializaba el mundo del libro; también los oficios (y vicios) que surgen alrededor de la comercialización y consumo de los libros sorprende por su variedad: está quien escribe, por supuesto, pero también quien vende, quien lee, quien colecciona, quien resguarda, quien vende lo bien resguardado, quien trafica. El libro aparece como objeto preciado y, al mismo tiempo, como bien de consumo; de hecho, aquellos libros de los que tratan las historias del volumen son ejemplares de acceso muy restringido, esa parece ser su virtud.
¿Quién leyó a Uzanne? Me pregunté mientras lo leía. Su tiempo es la transición del siglo XIX al XX, es Europa, es Francia. Muy probablemente lo leyeron amigos e integrantes de un círculo muy definido en el que se comunicaban escritores, editores de revistas, libreros, impresores, encuadernadores, tertulias, pequeñas ferias y fiestas; no el mundo propiamente académico, este queda excluido de sus narraciones, quizás porque no fue el mundo que habitó y desde el cual construyó una relación con los libros. Esto se puede inferir pues se sabe que el escritor, periodista y bibliófilo fundó e hizo parte de varias sociedades de amigos de los libros y se hizo a un nombre como autoridad en materia de curiosidades bibliófilas. Uzanne fue, pues, una institución de su tiempo.
Considero que este texto se construyó, publicó y se reeditó como un libro para iniciados. La edición que leí, de 2015, es de Trama Editorial, de España. Vale decir que la traductora es Sonia Berger Bengoa. No es precisamente una obra comercial y de fácil acceso. De hecho, pensé un poco en la categoría “de culto” para darle alguna clasificación a este texto, una categoría que tal vez puede aplicar para sus contemporáneos y para nosotros, lectores actuales. Solo alguien con alguna inquietud por los libros, por ese mundo a veces tan cercano a la ciencia ficción, puede sentirse interesado y encontrar finalmente una rareza como esta.
Para cerrar este comentario, me quiero referir a un espacio narrativo que sirve de marco a algunos relatos del volumen. Se trata de la sobremesa, sí, como en la novela de José Asunción Silva, De sobremesa (1925), que justo este año cumple su primer centenario. Luego de la cena, en un espacio aparte, en medio de bebidas digestivas, cigarrillos y puros, los invitados y comensales se apartan y conversan; la conversación se convierte en una muestra de erudición y en muchos casos de snobismo, animada quizás por alguna pregunta o suceso que convoca el interés de un grupo restringido y culto. La sobremesa es un espacio perfecto para el dandy decimonónico, para la exhibición de sus más recientes lecturas, viajes, palabras en idiomas poco conocidos por sus contertulios. Como he dicho, este espacio sirve de marco narrativo o de escenario de varios relatos y creo que eso permite otra clave de lectura para este texto: no creo que Uzanne se haya inventado la sobremesa, seguramente conoció muchas y leyó muchos textos en los que este era un espacio donde emergía la narración, y no cualquier narración, sino una más especializada, íntima y codificada, una suerte de espacio de culto del que, tal vez, haya un eco en la novela del escritor colombiano.

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