El libro llegó a mis manos en una librería en pleno centro de la Ciudad de Guatemala. La librera, joven, me presentó varios títulos de Arnoldo Gálvez Suárez pues yo le había preguntado por un escritor contemporáneo que me pudiera recomendar. Gálvez parecía ser uno de los más queridos en Catafixia, la librería.
Como suele sucederme, me enamoré de la carátula. Un grabado del esqueleto de un animal prehistórico, con inmensos colmillos, sobre un fondo café claro. En letras negras el título del volumen, Alguien bailará con nuestras momias, y en caracteres rojos el nombre del autor y los títulos de las tres novelas cortas contenidas en el libro: La era glacial, Para eso están los amigos, y Todo lo que no se sabe.
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| Detalle de carátula. |
Las tres historias transcurren en la Guatemala contemporánea; pero decir contemporánea, en Guatemala, quiere decir, una convivencia de tiempos, de épocas y de culturas. Solo dos de los relatos, el primero y el último, se “tocan” levemente. Esto resulta, siempre, un hallazgo gratificante para el lector, como una posibilidad.
La era glacial narra el encuentro de dos viejos amigos, el terrateniente guatemalteco de dudosa procedencia Ismael Barahona y el cantante argentino Santiago Arrabal. Ambos, exitosos en su juventud en cada uno de sus oficios, aparecen en el relato en el ocaso de su vida; Suárez los representa vulnerables y, tal vez por eso mismo, lúcidos al final de sus existencias. Me refiero a la lucidez que da la aceptación, el reconocimiento de la finitud, del absurdo, la conciencia de que se ha llegado al final del camino y que ya no hay nada más.
La novela consta de siete apartados. El relato de la última visita que tendrán ambos amigos se alimenta de analepsis a partir de las cuales conocemos la vida de los dos viejos, el ascenso de sus carreras, sus amores, las desilusiones, la llegada inminente de la vejez y la muerte. Sorprende como se logra conjugar dos fisonomías tan aparentemente opuestas, dos visiones de mundo que creeríamos antagónicas. Allí y en esa evocación del enfriamiento de la vida, en el colmillo de mamut que adorna la casa de Barahona como símbolo del tiempo que nos convertirá en fósiles, reside la belleza de esta historia.
Aunque no tan bella, pero sí escrituralmente compleja -eso puede ocurrir-, la novela corta llamada Para eso están los amigos retoma el tema de la muerte y del fin, en este caso el fin de una relación: José Miguel está a punto de descubrir la infidelidad de su pareja, Marcela, a quien ha dejado sola en casa mientras él se va de viaje; dado que sospecha algo, José Miguel cancela su viaje y decide volver a casa, pero se encuentra con la escena de un crimen: al parecer, Marcela ha matado a un hombre. De ahí en adelante, todo es inusual y sórdido: la pareja tiene sexo mientras el cadáver yace en el piso, con el recurso de la analepsis (nuevamente) se traen historias de la juventud de José Miguel y de esa bruma narrativa emerge la figura de un viejo amigo, también de dudosa procedencia, que resulta ser el más indicado para sacar del apuro a la pareja. La historia parece ir muy bien, pero un final inesperado, en punta, se le plantea al lector como un portazo en la cara. Y lo único que queda por hacer es pasar a la siguiente historia.
En Todo lo que no se sabe aparece la frase que le da título al volumen de novelas cortas. Pablo y Mariana, la narradora, deben exhumar los restos de su madre y llevarlos a un cementerio distinto donde Pablo ha comprado un mausoleo para la familia. Pablo, un hermano raro, alcohólico inactivo y psíquicamente afectado resulta ser un excelente narrador; el viaje que emprende con su hermana de un cementerio a otro constituye el marco para contar historias entretenidas, bien contadas y finalmente articuladas a un relato central. Gálvez retoma el clásico recurso de las historias dentro de las historias, aunque con amarres más finos. Por supuesto, la muerte, el tema de estas tres novelas cortas, aparece tratado de una manera sobria, profunda y no por eso menos irónica. El motivo de la madre muerta de la que se ignora algo esencial contribuye, quizás, a particularizar este tratamiento. Esta es la novela en la que se hace alusión a los restos de mamut que aparecieron en la primera historia del volumen; constituyen un recuerdo de la infancia de la madre: “Buscaban agua y encontraron huesos prehistóricos” (p. 154), dice. Se trata de un excelente cierre para el conjunto de relatos: se hace claro que la muerte es el tema principal del volumen, aunque tratada de tres maneras distintas, dos de ellas para mí destacables por poner en diálogo perspectivas que se pueden ubicar o bien en la filosofía o bien en la sabiduría de la cultura popular.
No creo que la de Gálvez sea la nouvelle que tanto ocupó a Ricardo Piglia al estudiar la narrativa de Onetti (me refiero a las clases consignadas en su libro Teoría de la prosa), aunque categorías como “el secreto” o “el narrador no confiable” hagan alguna aparición en las historias del volumen. Novela corta viene bien si nuestro propósito es ponerle un nombre al género de esta escritura, y viene bien por la complejidad de la trama que proponen, por el uso recurrente pero bien ejecutado de la analepsis y por la profundidad en el tratamiento del motivo principal que excede el que pudiera darse en el cuento. Es claro que no se trata de cuentos; por supuesto, no refiero a la extensión de los relatos, sino a la idea que se construye de manera pausada, paulatina, con el ritmo propio del relato novelesco.
Gálvez Suárez se ha referido a Rulfo, García Márquez y Asturias, todos latinoamericanos, como sus principales referentes, y creo que no es impertinente inscribirlo en esa tradición, es decir, la de un relato técnicamente bien orientado, entretenido y no por eso menos bello y responsable.
*Gálvez Suárez, Arnoldo (2023), Alguien bailará con nuestras momias, Guatemala, Sophos.

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